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Donde doy vida de nuevo a los personajes que me atraparon y me arrastraron a su mundo, uno que sólamente es posible entre las páginas de un libro.
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miércoles, 28 de julio de 2010

La huésped nº 37 - Cap 9 - Integrada (2ª Parte)


CAPITULO 9 - INTEGRADA (Segunda parte)

Wanda permaneció con nosotros el resto de la visita alegando que ya comería más tarde, cuando lo hiciésemos nosotros. Ian le dio un tierno beso y murmuró sonriendo algo así como "siempre pendiente de los demás" antes de unirse a Mel y Jared, que ya habían reemprendido la marcha.

Me mostraron el ala de los dormitorios, los almacenes, y finalmente el baño y la letrina con la impresionante sala que los precedía, la sala de los ríos.

Jeb estaba en lo cierto. Era el lugar más bonito y espectacular de todos... pero sin duda también el más peligroso. Mientras avanzaba cogida de la mano de Wanda por aquella sala, no podía evitar pensar que pasaría si el suelo cediese y se abriese un nuevo agujero bajo nuestros pies. Por los ya existentes se apreciaba el fuerte caudal achicharrante de un oscuro río, causante del calor sofocante y el vapor que inundaba toda la estancia. El otro regato, el que continuaba hasta adentrarse en las cavernas posteriores, era menos caudaloso y sus someras aguas plateadas parecían encauzadas casi como apropósito por un canal de piedra. Entre ambas corrientes, tres columnas rocosas parecían soportar un techo un poco más bajo que el de la gran sala, un techo en el que también habían colocado espejos para aumentar la luminosidad.

Miré hacía atrás una vez que llegamos a un pedazo de suelo que me pareció lo bastante seguro. Tal como pensaba, ninguno de los dos hombres se había adentrado más allá del amplio arco de entrada. Enseguida Wanda reclamó mi atención para que la siguiese a la caverna posterior. Allí estaba tan oscuro que para poder apreciar su contenido y aprender donde estaba la famosa piscina, tuve necesidad de recurrir a la linterna que previamente me había vuelto a prestar el tío Jeb. Me acuclillé junto a la superficie negra del tuvo excavado en el suelo rocoso e introduje la mano. El agua estaba a una temperatura realmente agradable. Wanda esperó pacientemente mientras yo disfrutaba refrescándome la cara y los brazos. Finalmente mojé mi nuca, antes de asomar la cabeza y pasear el haz de luz por la estrecha grieta que daba acceso a la letrina.

- Recuerda que una vez que el regato se mete bajo tierra en este punto no vuelve a salir.–Susurró a mis espaldas– No te preocupes –agregó para disipar mi temor.– Enseguida serás capaz de moverte por todas partes sin necesidad de luz, ya lo veras. Es más sencillo de lo que ahora te parece, te lo aseguro.

Correspondí a su franca sonrisa y asentí con confianza. Si ella había podido valerse por si sola por aquel kilométrico laberinto rodeada de gente hostil, no era tan ingenua como para creer que solamente Kyle fue desagradable con ella en un principio, con más razón podría hacerlo yo que contaba con el apoyo constante de mi nueva familia.

A nuestra vuelta planteé a Jeb dos cuestiones que me intrigaban poderosamente, pues eran cuestiones importantes. Sus brillantes ojos delataban cuanto estaba disfrutando de mis reacciones ante la magnificencia de este rinconcito de su casa mientras me escuchaba.

- Sí, tienes razón pequeña. Creo que el volcán que formó todo esto aún esta algo activo, de ahí el río hirviente, pero... dudó que eso sea un problema para nosotros en mucho mucho tiempo. Así que deja que tu cabecita se ocupe de cosas más útiles. –Su sonrisa se borró y buscó de reojo a Wanda antes de contestar a la otra pregunta.– En cuanto al suelo... Bueno... ya pasó una vez, así que procura no acercarte a los agujeros y todo ira bien, ¿de acuerdo?

Tragué en seco y asentí. Wanda rodeó mis hombros con sus brazos y me susurró al oído.

- No pasó nada. Ian llegó a tiempo de ayudarme a rescatar a su hermano.

- ¿Kyle? –Balbuceé– ¿Kyle estuvo a punto de morir aquí?.

- Kyle trató de matar a Wanda y casi le cuesta la vida a él. –Explicó enfadado el tío Jeb.

- Pero de eso hace muchos años –alegó en tono conciliador y a toda prisa un preocupado Jaime–. Ahora todo esta bien entre ellos. ¿A que sí, Wanda?. Kyle no era mala persona, solamente estaba... equivocado.

«A no... no es mala persona, –pensé sarcásticamente para mí misma recordando su expresión fiera y sus ojos despiadados– simplemente trata de matar a las almas»

¿A eso se refería cuando dijo que Kyle había sido muy "injusto" con Wanda?¿Y si, en cuanto encontrase su oportunidad, decidía volver a ser "injusto" conmigo? Sin embargo, Sol era un alma... y yo... NO. Sacudí la cabeza para librarme de estos pensamientos sin sentido, y es que realmente no tenía sentido tenerle pánico... no cuando todos los demás parecían tan ansiosos de que me integrase. ¿Acaso no había dicho Jared que aquí crecería a salvo, protegida por los de mi especie? De todos modos, procuraría mantenerme alejada de Sol cuando él la acompañase. Más aún, guardaría las distancias con él en todo momento.

Agradecí enormemente alejarnos de la nube de vapor que hacía que la ropa y el pelo se me pegasen. El trayecto de regreso a la gran cueva se me hizo extremadamente corto pese a que resultaba más trabajoso hacerlo a la inversa debido a la tremenda inclinación y los grandes escalones, pero es que tío Jeb anunció que la siguiente visita seria la cocina, mascullando a continuación que ya era hora de que comenzase a comer como los demás. Los demás... ¿¡Eso significaba que habría alguien más aparte de ellos!¿Qué tenía de malo permitirme algo de intimidad? Preferiría esconderme con Jaime o Wanda en cualquier parte y tomar cualquier cosa, antes que una magnifica comida rodeada por todos. Estaba segura de que mi estómago no admitiría nada si me obligaban a pasar por eso, de echo ya comenzaba a sufrir extrañas torsiones. No obstante me guarde de manifestar cualquier objeción.

El pasillo que conducía a las cocinas era el más luminoso con diferencia, estaba plagado de grietas claramente hechas a propósito pues la distancia entre ellas era demasiado regular para ser casuales. También era el más seco, asfixiante y ventilado. Seguramente en pleno mediodía, más que sudar estaríamos asándonos, ya que ahora mismo el calor era bastante intenso a pesar de que, a juzgar por la tenue iluminación un tanto anaranjada, debía estar comenzando a caer la noche. Nunca habría imaginado que fuese tan tarde, sin duda había perdido completamente la noción del tiempo sumergida en el "Tour turístico de tío Jeb". Eso me recordó de nuevo que, por mi culpa, ni él ni Wanda habían almorzado todavía. Incluso puede que Jaime, a pesar del desayuno tardío, también estuviese hambriento.

- Estamos muy cerca de la superficie como habrás notado por el calor seco –Comentó el anciano, sacándome de mis pensamientos y haciéndome olvidar momentáneamente los remordimientos. – No podemos cocinar a la luz del sol por el humo... ya sabes. Así que básicamente convertimos esta parte de las cuevas en el comedor a partir de la caída del sol.

- También aprovechamos la oscuridad para cocer nuestro propio pan. –agregó Wanda.

- Antes también nos reuníamos aquí después de cenar para escuchar las maravillosas historias de Sol y Wanda –susurró Jaime.

- Algo que hecho mucho de menos.– Murmuro Jeb con un brillo nostálgico en la mirada.– Me encantan esas historias pero ya nos las sabemos de memoria. Quizá algún día tu puedas aportarnos alguna nueva. –Sugirió esperanzado provocando que mi pulso acelerase y mi respiración se dificultase. Acceder a esa petición significaría traicionar a mis padres, algo que por descontado no estaba dispuesta a hacer. Por muy bien que me acogiesen... con Sol y Wanda o sin ellas... los humanos eran peligrosos para ellos. Jamás les revelaría mi secreto familiar y mucho menos su paradero.

Mis padres, pensar en ellos me entristeció. Pasase lo que pasase nunca volvería a verles. Sin embargo me obligué a recomponerme rápidamente, no podía permitirme ahora otro bajón, no con lo que se me avecinaba a juzgar por el zumbido que comencé a percibir allí adelante y el brusco cambio en la expresión del anciano. Conforme nos fuimos acercando el murmullo sordo fue desgranándose hasta apreciar con claridad distintas voces, lo cual me indico que serian relativamente pocas las personas a las que tendría que enfrentarme.

- ¡Maldito atajo de cotillas! –Protestó malhumorado Jeb en cuanto doblamos un recodo.– Les dije que no quería a nadie en la cocina a estas horas.

En cuanto comprendí que no era otro túnel si no que habíamos llegado a nuestro destino apreté instintivamente la mano de Jaime, quien me devolvió el gesto, y traté de ocultarme tras Jeb, pero Wanda rodeó mi cintura obligándome a permanecer donde estaba. La cocina era un corredor ahusado de techo alto, más alto que ancho. Había grandes agujeros abiertos en el techo, por los que sin duda en algún momento del día entrarían los rayos directos del sol, lo cual si bien aumentaba el calor considerablemente también permitía una buena ventilación. A ambos lados había dos grandes pilas de piedra, claramente puestas con toda intención y cogidas con argamasa o tal vez cemento. Estos bloques sostenían otras piedras rojizas, alargadas y casi planas, formando una especie de mostradores y dejando un estrecho pasillo en medio de la estancia. Un grupo de nueve personas, del que para mi sorpresa destacaban una niña pequeña y un chico de aproximadamente mi edad, hablaba animadamente sentado ante uno de esos mostradores de piedra. Sus asientos, nada cómodos supuse, también eran rocas.

- No seas tan gruñón Jebediah. Solamente he dejado quedarse a los que aún no la conocen. Eso es todo. –Respondió en tono desafiante una mujer mayor que permanecía aparte al final del otro mostrador, junto a lo que después supe que era el tosco horno; un simple hueco con otro debajo donde prender el fuego. –Por cierto, te has retrasado. Creí que tendría que dejar que se os enfriase antes de correr el riesgo de carbonizarla– añadió un tanto seca, agachándose para sacar un fuente de metal con un gran pedazo de lo que a pesar de la distancia me pareció carne asada. Tenía una larga trenza canosa y una afable sonrisa que contrastaba con el tono de su voz. –Encárgate tú de serviros, ¿quieres? –Dijo después de depositarla sobre la superficie de roca y avanzar en nuestra dirección.

- Gracias Trudy. –Murmuró Jeb un tanto sarcástico rodeándola para hacer lo que esta le había indicado.– Aunque fue un poco imprudente encender tan pronto el fuego. –Regañó sin volverse ni detenerse.

- No, si consigues que el humo sea mínimo. –Replicó la anciana usando su mismo tono.

Wanda se ofreció a ayudarle y le siguió sin esperar respuesta alguna ni prestar atención a mi tímido intento de retenerla, intercambiando un afectuoso saludo con la mujer al pasar por su lado.

- ¿Va todo bien, chaval? –Preguntó ella con manifiesta dulzura, tanto en la voz como en la mirada, que apenas apartó de mi rostro, deteniéndose a un par de pasos de nosotros.

- Mejor que bien, Trudy –Respondió el interpelado intercambiando con ella una amplia sonrisa y un guiño cómplice.

Como si me conociese desde mi nacimiento y fuese lo más natural del mundo, aquella anciana acortó la distancia que nos separaba para acariciarme la mejilla y depositar un tierno beso en mi coronilla. Yo le permití hacerlo no sé muy bien porqué... tal vez necesitaba ese contacto... o tal vez fuese tranquilizada por los gestos de afecto que les dedicó a Jaime y Wanda... en cualquier caso, desde ese día y para siempre Trudy y sus eternos acompañantes Heath y Geoffrey fueron muy especiales para mí.

No fui consciente del ominoso silencio reinante hasta que, tomando mi mano libre con firmeza y murmurando que por su culpa acabaría enfriándosenos la cena, Trudy nos arrastró cocina adentro a los dos. Ni por todo el oro del mundo habría soltado en ese momento a mi protector original. Mientras llegábamos donde Jeb y Wanda habían dispuesto la comida, atisbe de reojo a todas y cada una de aquellas figuras que nos observaban, mejor dicho me observaban, mudas e inmóviles. La mayoría mostraban amables sonrisas, solamente destacaban tres por mantener una actitud seria, casi agria diría yo.

- No les prestes atención. –Aconsejó Jaime susurrándome al oído para que nadie más pudiese escucharle cuando le llamé discretamente la atención al respecto– Nunca están contentas con nada de lo que sucede por aquí. –Aclaró antes de dar paso a las presentaciones– La chica del pelo rojizo es mi prima Sharon, es la novia de Doc y siempre esta enfadada; la mujer mayor es su madre, tía Maggie y la otra "alegría de la huerta" se llama Lacey. Es una persona verdaderamente quejica y molesta, ya lo comprobaras por ti misma.

En ese momento el chico se levantó y salió a nuestro encuentro rodeando el mostrador. La niña pequeña le habría seguido de no ser porque la mujer de ojos soñolientos que estaba entre ambos, su madre supuse, la atrapo obligándola a sentarse de nuevo.

- Isaiah este no es buen momento. –Refunfuñó Trudy– Te recuerdo que esta jovencita aún no comió, así que compórtate como todo un caballero y lárgate.

- No es justo que Jaime ande todo el tiempo con ella y a mí no me dejéis ni verla de cerca. –Protestó dándole una patada al polvo, pero volviéndose por donde había venido.

- Isaiah y la niña son hermanos. Ella se llama Libertad y nació aquí al poco de instalarnos. Doc atendió en el parto a su madre, Lucina. –Murmuró tío Jeb.– Sharon, la chica del pelo encendido, se encarga de darles clase. En cuanto te sientas un poco más cómoda te incompararás a ellas. –Anunció.

Guardé un prudente silencio, aunque dudaba seriamente que necesitase de sus lecciones. Mi madre recordaba perfectamente todas las asignaturas que su "cuerpo anfitrión" había impartido, resultando ser una excelente profesora.

- Las otras dos con cara de pocos amigos son Maggie y Lacey. –Prosiguió– No creas que tienen algo en contra tuya pequeña, su mal humor va destinado a mí. –Bufó poniendo los ojos en blanco.– Consideran que no esta bien que permita que te quedes a solas con Jaime en el hospital.

- El calvete de mejillas rojas es mi marido, Geoffrey. A continuación tienes a su mejor amigo desde la infancia, Heath, y a nuestra otra doctora, Candy. –Intervino Trudy hablando atropelladamente y en tono exasperado – Y con eso ya conoces a todo el mundo, así que a comer de una vez. –Ordenó.

Suspiré mortificada al sentarme ante el panecillo y la porción de carne roja que me habían asignado. A pesar de darles la espalda, o tal vez precisamente por eso mismo, estaba convencida de que jamás conseguiría tragar ni un minúsculo trocito con todos aquellos ojos pendientes de mí.

N/S: Dedicado a mis compis de "la bandita" y a toda mi "gran familia" en Internet.

No puedo prometer que volveré a retomar la publicación regular pero... creo que puedo asegurar que la semana próxima subiré el cap. 10.

Electrica.

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